martes, 12 de junio de 2018

Carlos Cánovas: En el tiempo

El trabajo de Carlos Cánovas se desarrolla en series sobre el paisaje urbano, entre lo poético y lo documental, proyectos prolongados en el tiempo, que va esbozando desde los años ochenta, en los que investiga la acción del hombre sobre la naturaleza, aunque éste no aparezca es el protagonista: Sus fotografías son documentos que no eluden lo poético, documentos construidos en momentos intermedios que anuncian o rememoran profundos cambios sociales e industriales.


Magistral y paradigma de su obra es la serie dedicada a la transformación urbana de Bilbao en la década de los noventa: Cánovas se distancia de una visión pretendidamente objetiva, estableciendo un vínculo emocional con los espacios que propone. Su trabajo constituye una suerte de registro sobre la transformación de lo urbano. A la vez, esta exposición pone de manifiesto su idea sobre la propia fotografía, "una actividad permeable a la experiencia personal en cada lugar y en cada momento, y que gira poéticamente en torno a las ideas de tiempo y distancia".


La simbiosis del fotógrafo con el lugar que reiteradamente fotografía y hace suyo: Como un rostro puede contener todos los gestos, un escenario puede contener todos los tiempos. El fotógrafo no es más que un tipo que pasaba por allí, a veces con toda intención, y a veces casualmente, con su oficio, con sus conocimientos y sus obsesiones a cuestas, que pudo percibir alguno de esos tiempos, y que propone compartir su experiencia.

Y sobre el espacio y el tiempo y el fotógrafo señala: Cuando las cosas tienen sentido, la fotografía es capaz de fijar una experiencia de cada espacio y de cada tiempo que ocupa el fotógrafo. Y entonces, solo entonces, ahí está su magia, todos somos el fotógrafo.


El texto y las fotografías de esta entrada están basadas en el folleto informativo y en la exposición-

Museo ICO, hasta el 09 septiembre 2018, en calle Zorrilla, 3 de Madrid.

lunes, 4 de junio de 2018

El Hipódromo de la Zarzuela


Cuando se llega al Hipódromo de la Zarzuela no se tiene la sensación de estar en un lugar de diseño, ni un lugar donde  ni el entorno ni el Monte del Pardo se haya alterado deliberadamente de forma abrupta. Los caminos son de tierra y del aparcamiento, entre encinas, tan sólo sobresalen de forma discreta los postes que indican las zonas del propio aparcamiento, de tal manera que, lo primero que encuentra el visitante atento es un pequeño edificio, más parecido a una pérgola techada de tejas rojas, que resguarda a los visitantes que hacen cola en las taquillas, que se asemeja más a las dependencias de una dehesa que a un edificio de oficinas. Del edificio principal, las tribunas y del resto de dependencias, no se ve nada hasta que no se ha traspasado la entrada.

Taquillas de la entrada Sur
El Hipódromo de la Zarzuela (1934-1936) surge de la necesidad de trasladar la actividad del antiguo Hipódromo Real que debía derribarse a consecuencia del desarrollo del plan de Secundino Zuazo que ampliaba hacia el norte la ciudad de Madrid. El plan comprendía desde los Altos del Hipódromo, donde el propio Zuazo proyectó en 1934 los Nuevos Ministerios, hasta la actual plaza Castilla. Para construir el nuevo hipódromo se convocó un concurso de Anteproyecto de construcción resultando ganador el presentado por los arquitectos Carlos Arniches y Martín Domínguez, y el ingeniero Eduardo Torroja. Siguiendo a Ángel Urrutia, en su libro Arquitectura española del siglo XX, algunas de las propuestas eran de gran brillantez, "Pero la obra premiada, mediando además la personalidad de un ingeniero como Torroja, alcanza la categoría de obra maestra universal, de nivel tan superior que precisa, más que palabras descriptivas, sensibilidad y comprensión inmediata del espectador". El proyecto, añade, era de gran complejidad y debía observar la "buena ubicación y aislamiento de las cuadras, pistas susceptibles de futuras ampliaciones, accesos fáciles a las taquillas de apuestas, también a las tribunas, que deben tener independencia y perfecta visibilidad, sobre todo a la insistentemente referida al paddock".

Paddock
Todas estas exigencias se salvan de forma brillante, o como dice Urrutia, a través de una verdadera obra maestra de la arquitectura que es casi imposible percibir si no se está frente a ella. Es una obra totalmente integrada en el medio que permite al espectador disfrutar del entorno tanto de manera visual mediante un calado, que comentábamos al principio, evitando la sensación de espacio cerrado, como la actividad propia del recinto: las carreras. Pero si sorprende la belleza de estas arcadas no menos impresionante es la sensación que se experimenta en las tribunas. Tras atravesar el hall donde se sitúan modernas pantallas y taquillas de apuestas, se sale junto a la pista para poder contemplar la espectacularidad de las tres viseras voladas que cubren las tribunas. Como describe Urrutia: sus autores, Arniches, Domínguez y Torroja "intentan integrar el conjunto en el entorno mediante un calado cuerpo inferior a base de arcos fluidos y una tribuna cubierta con visera lobulada en secuencias tan ingrávidas como el aleteo de las aves en vuelo". El resultado, añade, es tal que "rara vez ha podido verse mayor eficacia funcional y sinceridad estructural en la solución adoptada para la tribuna por Torroja, verdaderamente increíble".

Tribuna Central
De manera más pormenorizada nos describe la cubierta que proyecta Torroja: "La cubierta -hiperboloides de una hoja de eje horizontal y secantes entre sí, con ligera inclinación y juntas en las claves para que resbalen mejor las aguas de la lluvia-, alcanza 12,8 m de vuelo y 5 cm de espesor en los extremos, se apoya en pilares separados a 5 m y retrotraidos para no perturbar la visibilidad, estando ingeniosamente contrapesada por una visera más pequeña posterior y el voladizo del hall donde se ancla", que será, como "bella arte", y "referencia constante para ingenieros y también arquitectos interesados en las cubiertas laminares".


La construcción del hipódromo estaba prácticamente terminada cuando estalló la guerra civil. El propio Torroja, en un artículo en la Revista de Obras Públicas de 1941, analiza los pormenores técnicos, pruebas y cálculos de resistencia, elasticidad y estructuras, publicado poco después de la inauguración que hubo de retrasarse hasta ese año: "Las estructuras, prácticamente terminadas antes del 18 de julio de 1936, pasaron en pleno frente de combate la larga temporada del asedio de Madrid. Como consecuencia de ello, todas las estructuras, y particularmente todas las cubiertas, sufrieron repetidos cañoneos, que produjeron abundantes perforaciones, debidas a impactos, si bien afortunadamente el área de destrozo de cada uno de ellos fué relativamente pequeña. Muchas de estas perforaciones dejaron a la vista las armaduras principales, pero, a pesar de ello, no hubo derrumbamiento de ninguno de los lóbulos, pudiendo repararse con toda facilidad, sin necesidad siquiera de apear la cubierta, excepto en uno de los lóbulos, en que el impacto había hecho un destrozo relativamente importante junto al punto de anclaje del tirante correspondiente, donde aparecía la fisura claramente penetrante hacia el interior, con inclinación respecto a las máximas compresiones, lo que hacía particularmente peligrosa la reparación sin apeo". No sólo afectó la guerra civil al conjunto de la obra sino que sus autores corrieron diferente suerte. Tanto Torroja como Carlos Arniches permanecieron en España al terminar la contienda mientras que Martín Domínguez se exilia en 1937 a Cuba y muere en 1970 en Nueva York.

Panorámica desde la tribuna sur
El espectador, tras cruzar el hall y entrar en los jardines cercanos a la pista, se encuentra entre la belleza de la estructura proyectada por Arniches, Domínguez y Torroja, y la pista de carreras con la fronda de la ribera del río Manzanares y un horizonte en el que se yerguen algunos de los edificios emblemáticos de Madrid. Terminar señalando que el Hipódromo de la Zarzuela es propiedad de Patrimonio del Estado a través de la Sociedad Española de Participaciones Industriales (SEPI) y una pequeña parte de Apuestas del Estado; está declarado Bien de Interés Cultural con categoría de Monumento.

Para esta entrada he consultado las siguientes publicaciones:

Urrutia, ÁngelArquitectura Española Siglo XX,  Cátedra, Madrid, 2003
Torroja, Eduardo, Revista de Obras Públicas,  pág. 213-221, junio 1941

Lateral de la tribuna central
Trasera de la tribuna sur, entrada al hall, anclaje y contrapesos de la visera
Edificio de arcos calados
Hall con taquillas de apuestas y acceso a las pistas
Caballos retornando tras la carrera a pie de pista

domingo, 27 de mayo de 2018

Tamara Wassaf: Fragilidad suspendida


Visitando el Museo de América de Madrid, en una de sus salas, se encuentra la exposición de fotografía, muy sutil y hermosa con el título Fragilidad suspendida, de la fotógrafa Tamara Wassaf  (San Juan, Argentina, 1982) a la que acompaña esta breve explicación:

"Partiendo de la naturaleza muerta, en estas imágenes el paño funciona como cuerpo y el cuerpo como contenedor. Observando la noción de cuerpo-ausencia-mujer-espacio, se pone en tensión la relación entre cuerpos ocultos, telas abandonadas, miradas distantes, espacios vacíos y cuerpo fragmentados".

Esta exposición forma parte del Festival Ellas Crean




Wassaf, Tamara, Fragilidad Suspendida, en Museo de América , avenida Reyes Católicos, 6, de Madrid, hasta el 10 de junio de 2018

Nota: la fotografía que encabeza esta entrada es una sección de la obra expuesta.

jueves, 24 de mayo de 2018

Felicidad Moreno


Hace unos días visitaba la galería Rafael Pérez Hernando donde expone su obra la pintora Felicidad Moreno; y unos días después le dedico unas líneas sobre su obra porque creo que vale la pena reflexionar no ya sobre la abstracción o la obra en sí, sino sobre la impresión que causa en el espectador. La abstracción es siempre, al menos para este espectador, un flujo incesante de propuestas y sensaciones tan inexplicable como mutantes. De Felicidad Moreno lo que más llama la atención es el predominio del gran formato de la obra, superior en algunas obras a los 2 metros, y hago hincapié en esto porque, aunque realmente no implica nada en la calidad de la obra, siempre he considerado que abordar una obra en gran formato transmite la madurez del artista, la confianza y seguridad en su propio trabajo. En este caso sorprende tanto el tamaño como la práctica ausencia de color en la mayoría de las composiciones. Admirable es la complejidad, por no decir la osadía, de la pintora para trabajar en gamas de grises, negro y blanco, valiéndose tan sólo de técnica y a un mínimo detalle de color para, jugando con las aguadas, conseguir el efecto deseado y, como se diría en lenguaje actual, lograr una composición potente plena de armonía, dejando el color en el recóndito misterio de la abstracción y la cripta.


Felicidad Moreno, en la Galería Rafael Pérez Hernando, en calle Orellana, 18 de Madrid, hasta el 2 de junio de 2018.

domingo, 6 de mayo de 2018

Iconos de estilo

Sobrero mujer de Montehermoso (Cáceres)
Iconos de estilo. Una mirada a la indumentaria tradicional. Con este título se presenta la exposición que organiza el Museo del Traje Acción Cultural Española (AC/E), muestra que, parafraseando el pequeño catálogo de la exposición, surge de la visita  de Olivier Saillard  a los almacenes del museo en octubre de 2016. Saillard, era entonces director del Palais Galliera y uno de los comisarios más influyentes en el mundo de la cultura de la moda, decidió dedicar una exposición en la Maison Victor Hugo de París dentro de un ciclo que tenía a la moda española como protagonista. La selección que llevó a cabo para dicha ocasión es la misma que hoy ofrece al público el Museo del Traje de Madrid.

La exposición se complementa con una exquisita muestra de fotografías de indumentaria tradicional de José Ortiz Echagüe (1886-1980), retratos de la serie España, Tipos y trajes, que realizó en la década de 1920. Ortiz Echagüe fue uno de los principales representantes del pictorialismo español de la primera mitad del siglo XX, y solía retocar sus fotografías con carboncillo produciendo en ellas un efecto cercano al dibujo. Durante esa década documentó, con profundo lirismo y una gran intensidad estética, las diferentes formas tradicionales de vestir en España, sin descuidar la técnica del retrato en el que encontramos tanto la dulzura y candidez de un rostro como el vigor y fuerza expresiva de sus modelos.
Muchacha de Ibiza - José Ortiz Echagüe
La muestra, destaca el catálogo, no pretende analizar de manera exhaustiva la indumentaria popular autóctona, sino destacar sus valores estéticos y artesanales, reconociendo o intuyendo aquellos elementos, estructuras y decoraciones que se han podido trasladar a la alta moda contemporánea. Trajes y complementos: calzado, joyas, gorras, cintas y medias, muestran tanto el gusto por lo ornamental como el costumbrismo; ensalza la riqueza y variedad de los trajes, desde los delicados trajes de novia a los trajes cotidianos propios del pastoreo a través de un ámplio abanico geográfico, modelos y gustos de La Alberca, Lagartera, Maragatería, Salamanca, Zamora, Huesca, Navarra, Extremadura, Baleares, Canarias, Andalucía, Madrid y, en el Levante, Valencia, Alicante y Murcia.


Museo del Traje, Avda. Juan de Herrera, 2 de Madrid, hasta el 3 de junio de 2018